

A lo largo del desarrollo profesional con bebés, niños y padres, he observado la importancia de proveer espacios, no solo terapéuticos sino de acompañamiento en la crianza.
Actualmente estamos inmersos en una era sociocultural que nos exige mucho estar “afuera”, afuera de casa, afuera de nosotros mismos impidiéndonos sondear los caminos de la intuición para encontrar respuestas respecto a la educación de los hijos.
Pero las preguntas emergen, la brecha generacional existe, las infancias propias y las de nuestros hijos son diferentes para transferir la experiencia pasada tal cual la vivimos o la recordamos.
Es cada vez más frecuente la necesidad del apoyo externo, tanto en los grupos de juego, los cursos de masaje o la clínica del llanto; en la afanosa búsqueda no solo de nuevos recursos sino también del encuentro con pares que transiten etapas similares; o bien la búsqueda de orientación a padres que son espacios para re- pensar la dinámica familiar en voz alta con otro.
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