Cómo explicar la muerte a los niños pequeños

¿Cómo explicarles? Hablando, poniendo en palabras que “alguien” se ha muerto (un familiar, un amigo, una mascota). Los libros de cuentos y las películas que abordan el tema de la muerte pueden ser disparadores o un recurso, un lugar donde ellos volverán muchas veces más para seguir elaborando ese acontecimiento dramático en otro escenario. Pero es importante comunicar el hecho real cercano, cuando acontece, con las palabras más adaptadas a la edad y capacidad comprensiva.

Para los niños pequeños la palabra y el concepto de “Muerte” entra en el diccionario, generalmente a partir de un suceso concreto. Probablemente pudieron haber escuchado con anterioridad esa palabra inmersa en frases como: “me morí de risa”, “me mata de amor”, “si no haces tal cosa te mato”, pero esas frases no hablan de la muerte, y cuando sucede realmente es difícil mencionarlo.

Algunos padres y madres, prefieren esperar a que el niño pregunte por ej. “¿Qué pasó o dónde está el abuelito?”, pero al percibir la tristeza y la angustia del adulto referente, no pregunta, lo evita porque algo del orden de su percepción emocional, le indica que “de eso no se puede hablar”, así el niño queda resonando con el silencio del adulto, hasta que el adulto “esté listo”. Es como un esperarse mutuamente en el silencio angustioso “haciéndose los destraídos”.

Enunciar “se murió” significa que la persona o la mascota que ha muerto, no está más y que no va a regresar, por lo tanto, que no lo volverán a ver ningún día. Esto tan concreto como cierto, inaugura una dimensión de espacio y tiempo en la no presencia o ausencia diferente. Le permite asir la idea de la muerte sin falsas expectativas, sin desilusiones futuras, ni enojos con aquella persona o mascota que ya no vive. También se evita derribar la credibilidad y confianza en los adultos referentes, como cuando le enuncian falsas verdades como “se fue de viaje”, tratando de eludir o pintar de algún color el dolor.

Un niño que goza de buena salud mental, si no habla o no le hablan de un tema conflictivo y lo sabe en el plano sensible de la emoción (saber de carácter intuitivo) lo juega, pone en la escena lúdica la muerte, y si le hablan también. En un caso pone en juego su interrogante, en el otro empieza el camino de la elaboración.

El jugar a morirse o a que uno de sus muñecos se muere, es un intento de comprender qué se siente en el cuerpo y cuales emociones suscita en los demás. Qué se dice, cuales gestos expresan esa dramática situación. Una gama muy amplia de contenidos pueden desarrollar los niños en sus juegos tratando de entender: la vida - la muerte, la causa - los esfuerzos por vivir - salvar - curar - la idea de finitud y los rituales como el velorio, el entierro o la cremación.

La muerte en el juego o jugar a la muerte, es elaboración y simultáneamente opera como reparación, porque si el niño - protagonista, se hace el muerto, luego se levanta y la vida sigue y si son sus muñecos los vuelve a usar en otros guiones de fantasía.

Algunos adultos sienten que es un juego “morboso” y hasta he escuchado relatos de madres y padres que le dicen a sus niños: “no juegues a eso”. El juego tiene un efecto terapéutico y es signo de salud. Los profesionales que acompañamos a familias en estas situaciones, anticipamos o advertimos que esto puede aparecer y que sería deseable que no lo coarten, más bien podría apreciarse como una oportunidad para preguntar: ¿a qué jugabas? ¿quién murió? Ahh. como “El gato” (por ej.)

También pueden expresar y elaborar a través de sus dibujos, sea por los colores, las figuras y la composición. La diferencia es que el juego termina y se esfuma la escena sin dejar rastros visibles, el dibujo en cambio, deja un testimonio concreto. Presencia simbólica sobre una ausencia.

Cuando los adultos cuentan la muerte de alguien, luego tendrán que estar preparados para responder las preguntas subsiguientes, algunas pueden surgir de inmediato, otras y tal vez las mismas, en momentos diferidos, y acá nuevamente el rol de los profesionales que acompañamos a la familia para darles “texto” o colaborar para construirlo en conjunto si fuera necesario. En momentos de angustia o desconcierto ante las preguntas, a veces no se sabe qué responder. La opción de darse tiempo para dar respuestas y organizar la información es válida: “voy a pensar cómo te explico y después charlamos”, en lugar de desviar el tema para distraerlos. Pero ese “después” no tendría que demorarse mucho, porque los niños han quedado con esa inquietud, hay algo que da vueltas, una intuición que se mueve, palabras que han escuchado sin asidero para su comprensión. Si no se habla puede salir por los poros del cuerpo. Aparecen síntomas.

Algunos aspectos para considerar que sugiero a los adultos referentes:

  • Morirse no es como dormirse para siempre.
  • Morirse no es como irse de viaje largamente o para siempre.

Estas comparaciones o metáforas acompañadas con frases como “descansa en paz”, “emprendió un viaje hacia la otra vida”. Son dichos populares que amortiguan la tristeza en la vida adulta porque el que ha fallecido, si sufría ya no padece. La calma que trae la creencia de que está en un lugar mejor apacigua la tristeza de la ausencia. Para los niños estas licencias “casi” poéticas, pueden generarles mucha ansiedad y miedos.

Dentro de los miedos básicos en la infancia, podemos situar la angustia de separación y si un muerto “se ha ido de viaje para siempre”, quién les garantiza a los pequeños que ello no ocurrirá cuando mamá y papá salen de casa al trabajo o se van de viaje. Lo poético como metáfora tranquilizadora en la adultez, puede ser una posible realidad inquietante en la infancia.

Si morirse “es como dormirse para siempre”, puede aumentar la resistencia o tensión en el pasaje de la vigilia al sueño, puede incrementar los despertares nocturnos para garantizar la presencia adulta, como antídoto al desconcierto y angustia, o volver a requerir compañía o colechar para quienes ya habían dado el paso de dormir solos.

Teorías a las que se recurre en ocasiones:

► Explicar la muerte a través de la idea de ciclo vital: “se murió porque ya estaba muy viejita/o”.
La construcción de la noción de temporalidad no es tan fácil de aprehender como la noción de espacio, a pesar de concebirlo en ciertos aspectos como una unidad “espacio-temporal”.

El espacio se aprende en función de la observación o la ubicación del cuerpo y de los objetos concretamente en un punto de referencia, sin embargo, el tiempo parece más difícil de medir y de comprender. Cuando un niño desea algo y le dicen “espera un ratito que te lo doy”, cuánto es la idea de “ese ratito”, o “mamá vuelve en dos horas”. Para los niños pequeños puede ser un tiempo interminable, por eso la organización de una secuencia o sucesión de acontecimientos y actividades, hacen que la noción temporal sea más comprensible: “primero vas al jardín, después almorzamos y al terminar te comes el alfajor, o jugamos un rato y después a bañarse.”

¿Por qué explico esto?, porque si tomamos la idea de ciclo vital rápidamente los niños podrán preguntarse al interior del seno familiar quién es el mayor, quién le sigue en orden de edad y en sus pensamientos arman “el calendario de muerte familiar” por ej: primero se va a morir papá, luego mamá, mi hermano mayor y yo. En el caso de ser los más pequeños de la familia, puede enfrentarse con uno de los miedos primitivos que es el miedo a la separación, la soledad y el desamparo: cuando todos se mueran, antes que yo, ¿quién me cuidará? Esta teoría que puede partir de un lugar tranquilizador, puede generar desconcierto a los adultos para seguir sosteniendo ese fundamento.

► La muerte por enfermedad: “se enfermó y se murió, algunas enfermedades se curan y otras no”.

Esta es otra arista difícil pero cierta, la enfermedad no es exclusiva de las personas muy mayores, entonces la teoría de morirse por ser viejito/a cae y entran a calar los miedos de lo imprevisto, de la incertidumbre. “No todas las enfermedades se curan, pero se ha hecho todo lo posible, todavía no descubrieron la forma de curar, pero hay doctores que investigan cómo llegar a hacerlo”. Estas son formas de acompañar la realidad de manera “un poco más esperanzadora o no tan aterradora”. Si bien puede ser tranquilizadora esta explicación, algunos niños al enfermarse (cuadros típicos que no graves en la infancia, como una eruptiva, una gripe, un virus), asocian: enfermarse con miedo a morirse.

El rol de los pediatras es fundamental para poder confirmar y diferenciar lo que es o no es grave, una evolución y recuperación bastante previsible, apoyando a los niños y a los adultos que pueden estar atravesados por el propio duelo.

En otro orden, el espacio también aparece como un interrogante desde los niños, y a veces una controversia para los adultos.

Preguntas tales como: “¿ahora que se murió en dónde está?”
Este es un terreno delicado, ya que depende de las creencias de cada familia. Para acompañar a los padres y las madres, primero hay que preguntarles por sus creencias y rituales (religiosas o no) en relación a la muerte.

Algunos ejemplos:

Los muertos o el espíritu, se va al cielo.
Los entierran en el cementerio.
Los creman, dónde quedan las cenizas.

Cada situación es muy diferente y las respuestas deben ser artesanales, cuidadosas y relacionadas directamente con la cultura familiar.

- Respecto del cielo, suelo sugerir que les aclaren a los niños que están en una parte del cielo que, desde abajo no se los puede ver. Pueden considerar que el que se va al cielo sí puede verlos y cuidarlos. Ante esta ubicación del fallecido, los niños pueden buscar a sus seres queridos allá a lo lejos, ojos al cielo, en las formas de las nubes.

- En cuanto al cementerio, según las edades, algunos tienen prejuicios que son lugares tenebrosos donde se despiertan los zombis que dan miedo, porque los dibujos animados los ilustran así, sin embargo el cementerio puede ser descripto como un gran parque, donde hay pasto, árboles y flores, es en general silencio y tranquilo y de noche hay cuidadores.

- Si la familia es creyente y tiene un lugar y una figura de referencia (iglesia - templo) se puede acudir a los referentes, sean sacerdotes, pastores o rabinos, para que construyan un relato amable, según las creencias, porque además esa comunidad los estará acompañando y conteniendo.

¿Cómo sigue la vida?
Con los recuerdos presentes.
Lo más saludable es traer la presencia mediante diferentes recursos simbólicos: la palabra, los recuerdos, los rituales.

Si los adultos evitan hablar de los fallecidos, el tema pasa a ser un tabú establecido por acuerdos implícitos, en esas circunstancias será difícil para los pequeños preguntar, hablar o manifestarse explícitamente. Sin embargo, cuando se evocan los recuerdos con amor, con alegría en relación a: cómo hablaba, qué hacía, qué le gustaba o no, permite transitar el duelo, no sin tristeza, pero si con menos pesar.

Algunos recuerdos y anécdotas hasta podrán desencadenar risas descomprimiendo el dolor y el silencio. La seriedad y el respeto por el duelo no se alteran; el proceso de duelo se transita en etapas en donde aparecen diferentes emociones, todas válidas.

Poner en palabras las emociones es algo difícil en la infancia, aunque actualmente este tema se ha difundido y habilitado, no es lo mismo hablar de “la tristeza” a poder expresar “estoy triste” o de “el enojo” a tomar distancia de esa tensión que ancla en el cuerpo, para decir en primera persona “me enoja que mi perro se haya muerto”.

Entre las funciones de los adultos para acompañar, está la de facilitar el armado de este diccionario de sinónimos de estados emocionales, expresiones y gestualidad: estar triste, enojarse, extrañar, e incluir las sensaciones que pueden percibirse en las manifestaciones corporales como “el nudo en la garganta”, la inquietud, el retraimiento, las lágrimas que empujan en los ojos haciendo fuerza para no salir.

Los recuerdos pueden concretarse también a través de visitas a lugares que frecuentaban con los que ya no están, escuchando la música, saboreando comidas que fueron compartidas o de preferencia del fallecido. Regalarle al niño/a un objeto de su pertenencia, lo ayuda a sentirse más cerca.

Cada cultura y cada religión mantiene ciertos rituales que ayudan en el proceso de duelo, en estos rituales no siempre participan los niños, las familias decidirán si los incluyen o no y por qué. Pueden “inventar” rituales de despedida y de recordación más adaptados, en fechas especiales o porque sí.

Los rituales permiten transformar el dolor, traspasar lo real de la muerte a la simbolización como una suerte de alquimia, y esa toma de distancia mental y emocional afectiva, es necesaria para continuar.

Lic. Paula Landen
Psicomotricista
Marzo (2018)
Revisión (2024)