Sostener al bebé
Reflexiones acerca de los objetos referidos al sostén materno

Desde que la humanidad existe, las madres siempre sostuvieron en brazos a sus bebés para alimentarlos, acunarlos y trasladarlos.
Especialmente las culturas nómades han ido desarrollando diversos soportes para el traslado de los bebés necesitando sus manos disponibles para llevar aquellos utensilios que fueron creando la cultura y la necesidad de supervivencia, incluso el fuego producto tanto de la naturaleza como de la creación humana.

Estos “soportes de traslado” varían sus materiales de confección: telas, pieles y cueros de animales, tejidos de lana, maderas y juncos trenzados, dependiendo éstos del clima, la flora y fauna de la región, de las tareas que realiza la madre (a quien los pequeños acompañan) y de los trayectos que deben realizar.

Al mismo tiempo se observa una clara diversidad en el hábito postural y corporal característicos de cada pueblo, cada tribu y cada ciudad.

Las formas de traslado son infinitamente variadas, las posiciones básicas son: sobre la espalda, sobre el pecho o sobre la cadera. Estas variaciones, también están determinadas por las edades de los niños y según la geografía donde habitan, hay culturas que trasladan a sus bebés-niños ya grandecitos cuidando de mantenerlos alejados del suelo bajo la presencia de animales que acechan.

La cultura modela los cuerpos y las posturas habituales de sus habitantes, las madres bolivianas, por ejemplo, suelen llevar a los bebés y niños sobre sus espaldas envueltos en coloridas telas. También es común ver a estas mujeres, vendedoras de verduras y condimentos, sentadas en cuclillas sobre bancos bajos cercanos al suelo, donde los niños pasan la mayor parte del tiempo.

Si recorrieran las calles de Cusco en Perú, apreciarían la misma envoltura tanto para cargar a los hijos, las verduras u otra mercadería que necesitan trasladar.

Al ser la crianza compartida con otros miembros de la familia o de la comunidad, puede observarse a las niñas casi adolescentes, cargar del mismo modo a sus hermanos menores. Estas formas de sostén y traslado se aprenden viendo y viviéndolas a través de la experiencia directa.

En algunos lugares (no urbanos) de la India y en África, las madres se sientan en el suelo a jugar o masajear a sus bebés manteniendo las piernas extendidas, la espalda bien erguida sin apoyo, con una comodidad que tanto las madres argentinas como las de otros centros urbanos de occidente ni siquiera lo intentarían en forma espontánea.

Me refiero a madres considerando la división de genero para el trabajo y la crianza, muy marcada hasta hace relativamente pocas décadas y existente aún hoy, en ciertas familias.

Los nombres no son producto sólo de la cultura, sino también de las modas…

Los llamados cabestrillos, quepinas, chales o aguayos en Argentina, han tomado el nombre de mochilas para bebés, que los últimos años están siendo desplazadas por los “portabebés” que no son sino, una réplica de los cabestrillos, pero con modernas telas, ganchos seguros que reemplazan los nudos manuales y rellenos de guata haciendo del “porta bebé” un lugar más confortable y anatómico.
Diferentes marcas ponen su sello y toque de diseño, pero no difieren significativamente en el concepto de porteo.

Entre las diferencias entre una mochila para bebé y un “porta bebé” es que la mochila por su diseño, hace que el bebé adopte con sus piernas una posición antinatural, cuando las piernas presentan una rotación externa muy pronunciada, separadas por una tela que le atraviesa la entrepierna, siendo esta separación amplia, a veces rígida, lo que desadapta la postura óptima para su cadera. A veces los bebés permanecen sin posibilidad de llevar sus brazos a la línea media, postura reguladora de mayor confort, quedando sus miembros superiores, generalmente a los lados del cuerpo.

El “porta bebé” en cambio, le permite adoptar al bebé una posición “como si estuviera en brazos” acunado, sus piernas y brazos quedan más libres, el peso del cuerpo modela la tela y percibe sensaciones de sostén seguro, como una envoltura (sobre todo los primeros meses).

Cuando el bebé crece puede ir adaptándose a la posición vertical como la mochila, otorgando mayor contacto visual con el ambiente, la diferencia es que su postura lateral permite dirigirse tanto a la madre como a su entorno, ampliando su percepción del mundo.

Otro dato importante es que hasta que el bebé no sostenga bien su cabeza, la mochila no es aconsejable; incluso algunos pediatras recomiendan su uso cuando la espalda del bebé está más fortalecida.

¡Haciendo Upa!

Hace un tiempo recibo a D. en mi consultorio, quien llega con una hermosa tela norteña bien colorida atravesada en su torso, allí dentro muy cómodo traslada a J. que se lo ve apacible. Ella comenta: “Me resulta muy cómodo llevarlo como canguro, incluso cuando estoy en casa, a veces sólo se calma dentro del aguayo”

Escuchando a nuestras madres y abuelas aún existe la discordancia entre la necesidad de cargar al bebé para calmarlo y las voces que aún se oyen diciendo “lo vas a malcriar”. El upa en general se restringe a los momentos de cambiado, alimentación o traslado; paradójicamente se acude al upa para interactuar con el bebé cuando el padre o la madre desean hablarle, mirarlo, encontrar su mirada; pero se restringe cuando el bebé llora solicitando contención.

D. pudo captar las sensaciones de su hijo, el bienestar de estar en un contacto corporal íntimo sin el temor de malcriarlo, tomando el objeto de sostén para un uso más cotidiano observando que se vuelven presentes aquellas sensaciones intrauterinas que lo calman.

He escuchado con frecuencia a mamás que compran el “porta bebé” y finalmente no les resulta cómodo, nunca llegan a entender bien cómo colocarlo en su cuerpo o como acomodar al bebé, se las observa con cierta “torpeza” al querer acondicionar “el artefacto” a su cuerpo. Es así como hoy en día algunas marcas incluyen un instructivo para su uso.

Éste es uno de los múltiples ejemplos de cómo el saber acerca de la maternidad que se transmitía de generación en generación se fue agotando en las ciudades industrializadas, tendiendo al consumo de objetos y no al intercambio vivencial transgeneracional, perdiéndose cierto sesgo de naturalidad en el maternaje, producto de una falta de memoria colectiva corpórea, maternal y afectiva que se va diluyendo.

“Manos libres”

El uso de estos objetos de sostén y traslado no solo sirve para mantener cerca al bebé (necesidad primaria) configura también una solución efectiva para combinar trabajo y maternidad.

El cabestrillo, le permite al bebé adoptar una postura cómoda y al mismo tiempo libera los brazos de la madre para recoger frutos, sembrar o tejer.

Hoy en día podemos encontrar publicidades de “portabebés”, cuyo marketing de venta se basa en imágenes que muestran a las mamás con sus brazos “libres” hablando por celular o trabajando home office con el ordenador, mientras cargan a sus bebés.

Es cierto que hoy en día configuran las herramientas de trabajo, el riesgo es que se tome como un recurso para mantener cerca corporalmente al bebé, pero alejado de una relación sensible cuando la atención está por completo en la tarea del trabajo, a tal punto de disociar el diálogo corporal, gestual y sonoro, para el cual los bebés están abiertos, disponibles y necesitados desde el punto de vista subjetivo.

Es interesante observar las propagandas de estos “portabebés” tanto en imagen visual, como las palabras y frases que acompañan las fotografías, que se sustentan en el conocimiento de la verdadera función de sostén desde el aspecto del desarrollo emocional, por ejemplo:

“una manera amorosa, segura y muy anatómica para llevar a tu bebé”
“vos y tu bebé bien cerca”
“contacto y seguridad”
“llevalo cómodo y seguro desde el primer día de vida, amamantalo con privacidad”

Además de los nuevos cabestrillos también han aparecido en el mercado otros objetos que colaboran en la acomodación postural de las madres para el momento de la lactancia.
Almohadones rellenos de microesferas de Telgopor, con forma de media luna, que anatómicamente se adaptan a la cintura de la mamá, o “media luna” de gomaespuma más rígida sobre la que recuestan al bebé para amamantar.

Esto nos lleva a pensar si el mundo de la industria diseña productos para generar mayor consumo y comercialización o si existe una “lectura” social, respecto de las prótesis o adherencias de objetos internos y externos ligados al cuerpo para estar “en forma”

¿Qué sucede con el cuerpo en la maternidad actual dentro de las grandes urbes?
La mujer que hoy está inserta en el campo laboral: comercial o profesional, trabaja en gran parte la misma cantidad de horas que el hombre, incluso más. El impulso del consumo aumenta y con éste la gran exigencia de la producción laboral.

El tiempo de las licencias por maternidad siguen siendo igual (en la mayoría de los trabajos) que décadas atrás cuando la mujer apenas se insertaba en el campo laboral más masivamente, de manera que podríamos decir que la madre reciente, que se ha levantado 4 veces de noche para calmar a su bebé o darle de mamar igualmente debe estar en su trabajo “como si nada pasara”; al mismo tiempo su cuerpo está trabajando en la producción de leche y atravesando un proceso de reacomodación hormonal, psíquico y emocional.

Podemos decir que el cuerpo de la maternidad actual es el cuerpo cansado.
La cultura occidental, sumida en la ecuación delgadez = belleza femenina, obliga además a la mujer - madre - trabajadora a sentirse presionada por cuidar estéticamente su imagen, y eso implica una nueva ocupación. Además del cuerpo cansado, es portadora del cuerpo exigido.

Prótesis de descanso para mamás activas

Frente al cuerpo cansado y el cuerpo exigido de la mujer-madre, los objetos de sostén atienden la necesidad corporal de alivianar el peso, dejarse ayudar por la gomaespuma de la media luna, para dar el pecho sin que se vuelva agobiante, permitiendo estar lo más relajada posible, y que ese dar sea una entrega del alimento y de la presencia.

Conocí a R. y a su beba en su domicilio para enseñarle los masajes. Una mamá primeriza y reciente, en su luminoso departamento, de fondo se oye una música suave como un organillo al lado del bebesit. La beba tranquila, la madre también, llena de preguntas y con una armoniosa actitud hacia su hija ante cada gesto.

En un momento dado la beba llora y ella se dispone para darle de mamar. Me sorprendí al ver cómo se quitaba la remera, quedándose con el torso libre para el encuentro piel con piel, no es lo más habitual en esta época, aunque nos hallemos entre mujeres. Seguidamente, buscó el almohadón de la luna y se acomodó en el sillón, lo acomodó sobre su falda y sobre éste a la beba, quien se prendió bien al pecho mientras su madre sólo contactaba su mano ahuecada con la cabecita.

Al principio lo sentí contradictorio, tanta libertad para el contacto íntimo piel a piel y finalmente apenas dos puntos de contacto mínimos: teta y boca; mano ahuecada y cabecita, sin embargo, se las veía totalmente entregadas en el intercambio amoroso de la lactancia.

“…las “reglas” de crianza consensuadas que tienen tal aura de credibilidad, se basan mayormente en una mezcla de tradición, moda pasajera y sabiduría popular con un toque de ciencia. En realidad, pocos han analizado si las reglas de una sociedad funcionan mejor o peor que las tradiciones de otra en cuanto a producir adultos funcionales y felices.” (M. Small 1999)

Bajo la transformación de la crianza compartida en corresponsabilidad, el porteo ya no es exclusivo de las mujeres madres, sino que los hombres gozan de esta práctica aportando su participación más activa, dándose la oportunidad de disfrutar la cercanía en el cuerpo a cuerpo con sus bebés.

El mercado de consumo no pierde tiempo

Desde hace muchos años tengo una pequeña colección de muñecas maternando, porteadoras de bebés de diferentes culturas. Me ha interesado la forma de transmisión de prácticas de crianza de cada cultura local a través de sus juguetes. Muñecas confeccionadas con telas, aguayo, tejidos, fieltro, texturas y colores característicos de la indumentaria propia. Occidente no se queda atrás transformándolo en materia de consumo para la infancia, aunque, al mismo tiempo es una forma de promover objetos lúdicos para el mundo simbólico que incluye la crianza. Cuando me refiero a “práctica de crianza” es porque se pone el cuerpo en lo jugado, y aquello vivido, queda inscripto corporalmente en la experiencia.

Lic. Paula Landen (2005)
Revisión (2024)