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La infancia ¿un jardín de rosas?
“Crecer es adolecer con cuotas de felicidad” (Landen 2013 p. 121) Tradicionalmente se ha pensado que la infancia es “un jardín de rosas”, aludiendo a una época de la vida hermosa, feliz y desprovista de las preocupaciones del mundo adulto; sin embargo los primeros años de infancia están teñidos de una gran capacidad para adaptarse, aprender y descubrir, no sin un alto monto de exigencia y si esta exigencia, es desmedida para los recursos internos del niño pequeño, las ventanas para el aprendizaje, la socialización y la construcción de la autonomía se van acotando o dificultando. Según Janin, B. (Lic. En psicología) “Ser niño no es ni ha sido fácil nunca. La infancia es una época tormentosa de la vida en la que se está sujeto a los avatares de los otros. Y cuando no se sabe manejar el timón y se comienzan a explorar territorios, se necesitan más que nunca las luces del faro y los relatos de los viajeros de antiguos navegantes” (Janin 2011 p. 59) No cabe duda que el faro en los primeros años fundamentalmente está en la luz y la guía de los padres; y los relatos de antiguos navegantes. Ese saber sobre la crianza, se encuentra también en el sistema de creencias y valores, la cultura y la sociedad donde han transitado las propias infancias los padres y las madres de hoy. ¿Qué les sucede a los padres con el saber sobre sus propios hijos? Desde mi territorio profesional, escuchando-acompañando a tantas familias, encuentro que cada vez más, los padres sienten “no saber qué hacer” “cómo hacer” o cuando llegan a cierto límite de malestar podría decir “ya no saben más qué hacer”. Es que el mundo actual se ha vuelto tan vertiginosamente cambiante, distractor y absorbente que a los adultos también les es difícil adaptarse, mientras lo están haciendo además, en relación al ejercicio de la maternidad y la paternidad, criando niños pequeños que es, sin duda, emocionalmente demandante y que en cada nueva etapa se requiere plasticidad para ofrecer nuevas respuestas y propuestas acordes a las etapas que van transitando. Acá arribamos a una gran problemática, porque si el adulto siente “que no puede más.”, ¿qué le queda al niño pequeño? Como mamíferos, somos los humanos las crías más dependientes a largo plazo; dependientes física y emocionalmente y solamente muy bien acompañados y sostenidos, los bebés y niños irán construyendo su autonomía e independencia de manera sólida con seguridad, placer y buena autoestima. Pero se preguntarán: ¿cuánto es a largo plazo? Aunque no haya un tiempo cronológicamente preciso podría decir: A pesar de que:
La tendencia actual a apurar a los bebés y niños pequeños a hacerlos parecer más grandes, incluso a que se adapten muy prontamente al mundo adulto, termina siendo contraproducente y altamente estresante. ¿Pueden estresarse los bebés y los niños? ¡Sí! El estrés no es un fenómeno o un estado propio del mundo adulto. Los niños se estresan y también se “contaminan” del estrés de los adultos que los rodean, crían y cuidan y su impacto repetido es desorganizante y negativo para su desarrollo, afectando todas las áreas e interfiriendo en la calidad de la relación con el mundo. Sin duda, es causa de sufrimiento psíquico.
Estamos generalmente “acá” y “allá”, antenas múltiples disociadas y asociadas simultáneamente: en el hogar y en el trabajo, en casa y en el gimnasio, haciendo sociales, en casa y con la computadora o celular, espacios físicos y virtuales que se han fusionado en un alto porcentaje de casos. Los niños y niñas, captan este doble terreno, a pesar de la presencia física de sus referentes se perciben “transparentes”, están pero son mirados, escuchados y respondidos rápidamente, como quien resuelve velozmente con un adulto par. Es entonces en la sensación de ser mirados y percibidos de manera escurridiza, que se vuelven a veces “tiranos”, demandantes, omnipresentes a través de lo audible, del movimiento incesante, quisquillosos con la comida o irritables con mayor frecuencia. Formas convocantes de la mirada adulta, casi ineludible. ¿Serán estas las espinas del jardín de rosas de la infancia? En ocasiones madres y padres, no logran descifrar o comprender las causas u organizar estrategias que, aunque requieran tiempo, son efectivas a mediano y largo plazo. Esto no constituye una crítica, sino una descripción de lo que acontece cada vez con mayor frecuencia en la dinámica familiar. Se vive presionados por la productividad, no me refiero sólo al trabajo, sino a la cantidad de actividades también en la infancia y los traslados en las grandes ciudades, que consumen tiempo, esfuerzo, energía, estados de tranquilidad y disponibilidad contemplativa. Ese trabajo que implica la crianza, algunos padres y madres, por estar agotados, no pueden afrontar y, por ende, resuelven “como se puede” tendiendo a obtener soluciones más inmediatas de gratificación, luego se instalan y se vuelven disfuncionales, configurando nuevas problemáticas para enfrentar, lo que denomino “soluciones encrucijadas”: soluciones instantáneas que sirven para hoy, pero no para mañana, quedando entrampados todos los miembros, en telarañas como la tecnología, las golosinas, el estirar el tiempo por dificultades para sostener un límite y acompañar la frustración que puede desencadenar. Las “soluciones encrucijadas” son aquellas respuestas que requieren el menor esfuerzo por parte del adulto, la gratificación inmediata para los niños y en las cuales no operan aprendizajes en un período de constitución subjetiva, en el que la mirada, la escucha, la presencia disponible y los límites como organizadores externos, son imprescindibles.
“En los primeros mil días de la vida humana tiene lugar el 90% del proceso de formación y desarrollo del cerebro, que como se sabe es el órgano rector de las funciones cognitivas, sensoriales, emocionales y motoras que nos permiten explorar el mundo, aprender y transformarlo. La conformación de la arquitectura cerebral resulta de un proceso de interacciones entre las dotaciones biológicas del organismo y las experiencias provenientes del medio externo, por medio de las cuales se va construyendo un complejo entramado de millones de células y conexiones nerviosas que conforman circuitos o vías neuronales que afectan la salud y el comportamiento.” (*1) Hoy en día se difunde y defienden como derecho en la niñez, la calidad y protección del cuidado físico, emocional y social de los primeros 1000 días de vida como cimiento y base para la vida futura, de manera que sería deseable que los padres y las madres, asuman la crianza con amorosa responsabilidad, como arquitectos del desarrollo de los hijos, con los materiales que ellos traen desde su gestación y con lo que aportarán en lo sucesivo como protagonistas activos en su trayectoria desplegando el máximo potencial. La crianza está plagada de aciertos y desaciertos, aprendemos como padres muchas veces a partir del “ensayo y error”, armando hipótesis y generando recursos. A los adultos nos distingue la experiencia acumulada, la capacidad de toma de decisiones y la gran responsabilidad que asumimos a largo plazo. Detenerse a pensar, preguntarse, compartir inquietudes con otros para sortear la sensación de desconcierto. Construir variables estables para que las vivencias y las rutinas cotidianas sean anticipables, ordenadoras y tranquilizadoras para los niños y niñas. La cantidad de tiempo, la calidad de la presencia y las experiencias de juego compartido, ese casi olvidado y excéntrico capital necesario para el desarrollo saludable, serían de alguna manera, faros para que puedan disfrutar esa construcción que es la crianza.
Lic. Paula Landen Fuentes bibliográficas:
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